

Índice
- Presencia, identidad y los límites de lo que podemos saber
- Qué propone el libro
- Ideas clave del libro
- Pensar no es lo mismo que observar el pensamiento
- El pasado y el futuro no son enemigos
- Aceptar no significa resignarse
- El «cuerpo del dolor»
- Tener no es necesariamente ser
- La pregunta que el libro deja abierta
- Puntos de fricción
- Síntesis CCC
- Nota del autor
- Líneas abiertas de investigación
- Cierre editorial
Presencia, identidad y los límites de lo que podemos saber
Hay pensamientos que aparecen sin que los hayamos elegido.
Errores del pasado que seguimos repasando aunque ya no podamos modificarlos. Futuros que imaginamos una y otra vez esperando que, cuando finalmente lleguen, nuestra vida sea diferente. Emociones que parecen tomar el control antes de que podamos decidir qué hacer con ellas. Pérdidas que duelen no sólo por aquello que desapareció, sino porque una parte de nuestra identidad estaba construida alrededor de lo que teníamos.
Y también existen presentes que simplemente no queremos habitar.
Una enfermedad. Un duelo. Una guerra. Una situación que no depende de nosotros y que no podemos transformar inmediatamente por más conscientes que intentemos ser.
El poder del ahora entra precisamente en ese territorio.
Eckhart Tolle propone una idea aparentemente sencilla pero mucho más exigente cuando intentamos llevarla a la vida cotidiana: aprender a observar lo que ocurre dentro de nosotros sin identificarnos automáticamente con ello.
Eso significa preguntarnos ¿qué hacemos con un pensamiento cuando aparece? ¿Qué lugar damos a aquello que ya ocurrió? ¿Cuándo imaginar el futuro nos permite construirlo y cuándo se convierte en una forma de escapar del presente? ¿Qué significa aceptar algo sin resignarnos a ello? Y ¿qué queda de nuestra identidad cuando dejamos de definirnos exclusivamente por nuestra historia, nuestros roles, nuestras posesiones o aquello que pensamos?
Pero el libro va todavía más lejos.
Tolle no se limita a formular una propuesta psicológica. Habla de Dios, del Ser, de consciencia, sufrimiento, enfermedad, relaciones, muerte y de una dimensión atemporal de la existencia. Y en ese recorrido cruza continuamente fronteras entre experiencia subjetiva, filosofía, espiritualidad, psicología y afirmaciones sobre la realidad.
Por eso esta lectura forma parte de Ciencia con Consciencia, dentro del pilar de Consciencia. No porque la ciencia pueda confirmar o refutar cada una de las preguntas que plantea el libro. Precisamente porque no puede.
Esta bitácora explora ¿qué ocurre cuando algunas de las intuiciones de Tolle encuentran paralelos interesantes en la psicología contemporánea? ¿qué sucede cuando una metáfora espiritual intenta convertirse en explicación científica? y ¿qué preguntas permanecen abiertas cuando llegamos al límite de aquello que podemos demostrar?
Para que quede claro en todo momento de donde viene cada idea, vamos a distinguir tres voces a lo largo del texto: lo que dice el libro, lo que dice la investigación contemporánea, y como lo llevamos nosotros a la vida diaria en Ciencia con Consciencia.
No es necesario aceptar todo el sistema de Tolle para encontrar algo valioso dentro de él.
Y quizá ésa sea una de las mejores razones para leerlo críticamente.
¿Qué propone el libro?
La propuesta central de Tolle no es simplemente «vive el presente» como consigna motivacional. Es algo más específico.
Una parte importante del sufrimiento humano surge de nuestra identificación con la mente: pensamientos, emociones, recuerdos, expectativas y una historia personal que terminamos confundiendo con la totalidad de aquello que somos.
La salida que propone es práctica antes que teórica: observar los propios pensamientos en lugar de ser gobernados automáticamente por ellos, habitar el cuerpo como vía de acceso al momento presente, y distinguir entre dos formas de relacionarnos con el tiempo.
Por un lado está el tiempo que necesitamos para vivir: recordar, aprender, organizar, anticipar consecuencias y construir objetivos. Por otro, lo que Tolle llama tiempo psicológico: permanecer mentalmente atrapados en aquello que ocurrió, o vivir esperando un futuro en el que finalmente estaremos completos.
La diferencia puede aparecer en algo cotidiano. Prepararse para una entrevista de trabajo que ocurrirá la próxima semana requiere pensar en el futuro: ensayar respuestas, organizar documentos, dormir adecuadamente. Son acciones presentes orientadas hacia algo que todavía no sucede.
Pasar horas imaginando cada forma en que esa entrevista podría salir mal también está orientado hacia el futuro. Pero no cumple la misma función.
El problema, entonces, no es pensar en el futuro. Es nuestra relación con él. Y lo mismo ocurre con el pasado: recordar puede permitir aprender; el problema aparece cuando recordar deja de informarnos sobre nuestra vida y comienza a sustituirla.
Esta distinción —tiempo funcional frente a tiempo psicológico— es la base sobre la que se construye el resto del libro, así que a partir de aquí no volveremos a explicarla desde cero: la retomamos cuando haga falta, sin repetir el mismo ejemplo.
Detrás de esta propuesta práctica existe, sin embargo, una afirmación mucho más profunda.
Tolle sostiene que hay un Ser que no puede reducirse al pensamiento, una dimensión de consciencia atemporal que constituiría nuestra naturaleza esencial. El «Yo Soy» al que hace referencia no sería el yo biográfico construido mediante recuerdos, roles y experiencias, sino algo anterior a ellos.
Ésta ya no es únicamente una afirmación psicológica. Es una proposición metafísica. Y mantener esa distinción será fundamental durante toda esta bitácora.
Ideas clave del libro
El pensamiento no constituye la totalidad de lo que somos: podemos aprender a observarlo sin actuar automáticamente desde él.
El tiempo psicológico —vivir mentalmente atrapados en el pasado o proyectados constantemente hacia el futuro— puede convertirse en una fuente de sufrimiento innecesario.
El «cuerpo del dolor» representa, para Tolle, una acumulación de sufrimiento emocional pasado capaz de reactivarse en el presente.
La identidad construida por el ego —roles, posesiones, opiniones, reconocimiento e historia— puede convertirse en una prisión cuando confundimos lo que tenemos o pensamos con aquello que somos.
La aceptación no equivale a pasividad: reconocer una realidad puede convertirse en el punto de partida para actuar sobre ella.
Las relaciones pueden revelar patrones propios además de mostrarnos el comportamiento de otras personas.
El sufrimiento puede convertirse en una oportunidad de transformación, pero Tolle no plantea que debamos buscarlo.
El «Ser» —vinculado en el libro con Dios y una consciencia más profunda— pertenece a una propuesta espiritual y metafísica, no a una conclusión científica.
Pensar no es lo mismo que observar el pensamiento
Lo que dice el libro
Ésta es probablemente una de las ideas más valiosas de El poder del ahora, y también una de las más fáciles de llevar a la práctica.
Tolle no propone dejar de pensar. Propone reconocer que somos capaces de observar lo que pensamos, y que esa capacidad modifica nuestra relación con nuestros propios estados mentales.
Un pensamiento puede aparecer sin haber sido elegido.
«Voy a fracasar.» «No soy suficiente.» «Debería haber hecho algo diferente.»
Que el pensamiento exista no obliga a convertirlo en una descripción objetiva de la realidad, ni en una instrucción que deba ejecutarse.
Lo que dice la investigación
La psicología contemporánea estudia procesos funcionalmente parecidos bajo tres nombres distintos, que conviene no confundir: mindfulness (una postura atencional de presencia hacia el aquí y ahora), descentramiento o decentering (la capacidad de dar un paso atrás y observar los propios pensamientos como eventos mentales pasajeros, no como verdades absolutas) y defusión cognitiva (un proceso, propio de la Terapia de Aceptación y Compromiso, para quitarle literalidad al lenguaje: notar el pensamiento en lugar de fundirnos con él).
Una revisión metaanalítica publicada en 2024, que reunió 57 estudios y más de 18 mil participantes, encontró una asociación relevante entre mindfulness y descentramiento, y entre descentramiento y menores problemas psicológicos. Investigaciones sobre Terapia de Aceptación y Compromiso también encuentran que modificar nuestra relación con pensamientos y emociones —sin intentar necesariamente eliminarlos— se asocia con cambios en flexibilidad psicológica y malestar.
El paralelo es importante, pero tiene un límite: estos estudios pueden investigar qué ocurre cuando una persona aprende a relacionarse de manera diferente con su actividad mental. No pueden demostrar, a partir de ello, que exista el «Ser» atemporal que Tolle propone. Una experiencia puede ser real sin que una determinada explicación de esa experiencia quede automáticamente demostrada.
¿Cómo lo llevamos a nuestro día a día?
La próxima vez que aparezca un pensamiento del tipo «no soy suficiente» o «voy a fracasar», intenta una pregunta muy simple antes de reaccionar: ¿esto es una descripción exacta de lo que está pasando, o es un evento mental que simplemente apareció y va a pasar?
No se trata de discutir con el pensamiento ni de forzarlo a desaparecer. Se trata de notar que hay una diferencia entre tener el pensamiento y ser el pensamiento. Esa distancia, mínima como parece, es lo que la investigación llama descentramiento —y es, también, la puerta de entrada práctica a todo lo demás que propone este libro.
El pasado y el futuro no son enemigos
Lo que dice el libro
Una lectura superficial de El poder del ahora podría dejar una conclusión demasiado sencilla: hay que vivir en el presente y dejar atrás pasado y futuro. Pero esa lectura pierde una distinción fundamental: necesitamos pasado y futuro.
El pasado puede contener información, aprendizaje, identidad, vínculos e incluso recuerdos capaces de sostenernos durante momentos difíciles. El futuro permite anticipar, organizar, construir y también esperar. El problema aparece cuando dejamos de usar esas dimensiones del tiempo y comenzamos a vivir exclusivamente dentro de ellas.
La culpa ofrece un buen ejemplo distinto al que ya vimos. Una persona puede reconocer que hizo daño, asumir responsabilidad y utilizar aquello que ocurrió para actuar de manera diferente hoy. O puede repetir mentalmente durante años una escena que ya no puede modificar, quedándose anclada en el arrepentimiento por lo que fue, por lo que hizo, por las oportunidades y las personas que ya no están. El pasado es el mismo. Lo que cambia es la relación con él.
Con el futuro ocurre algo semejante: imaginar una vida distinta puede orientar decisiones, pero un futuro deseado que nunca encuentra acciones en el presente corre el riesgo de quedarse solamente como imaginación.
El presente no elimina pasado y futuro pero es el lugar desde el que podemos responder a ambos.
¿Cómo lo llevamos a nuestro día a día?
Una pregunta útil para distinguir cuándo el pasado o el futuro te están ayudando y cuándo te están atrapando: ¿esto que estoy pensando me está llevando hacia una acción en el presente, o simplemente estoy repitiendo la escena sin que eso cambie nada?
Si la respuesta te lleva a algo que puedes hacer hoy —reparar, aprender, ajustar un plan—, el pasado o el futuro están funcionando. Si te deja exactamente en el mismo lugar en que empezaste, probablemente estés en tiempo psicológico, no en tiempo funcional.
Aceptar no significa resignarse
Lo que dice el libro
La palabra «rendición» puede ser una de las más problemáticas del libro si se interpreta fuera de contexto. Puede sonar a dejar de luchar, a permitir, a permanecer.
Pero Tolle introduce una distinción mucho más interesante: reconocer que algo está ocurriendo no significa decidir que debe seguir ocurriendo.
Imaginemos el final de una relación. Aceptar «esta relación terminó» no significa considerar que estuvo bien, dejar de sentir dolor, renunciar a comprender qué ocurrió, o pensar que nada valió la pena. Significa reconocer un hecho presente para decidir qué hacer con la vida que continúa.
Algo semejante puede ocurrir ante una situación que sí podemos modificar. Podemos reconocer: «Esto está ocurriendo.» Y después decidir: «No quiero que continúe.» Salir, pedir ayuda, cambiar, poner un límite o decir que no siguen siendo acciones posibles.
¿Cómo lo llevamos a nuestro día a día?
Aquí quiero sumar algo que no está explícitamente en el libro, pero que uso constantemente al acompañar procesos, y que me parece necesario para que esta idea de aceptación no se quede en lo abstracto: las emociones pueden informarnos de que algo relevante está ocurriendo, pero aquello que hacemos mentalmente después también puede modificar cuánto duran o con qué intensidad reaparecen. Rumiar un conflicto, por ejemplo, puede reactivar repetidamente respuestas emocionales asociadas a él.
Eso no significa que toda emoción que persiste años después sea simple rumiación: una pérdida, un trauma o una relación importante pueden seguir generando respuestas emocionales legítimas mucho tiempo después, sin que eso indique nada disfuncional. La diferencia está en si esa emoción sigue informándonos de algo real o si la estamos reactivando nosotros mismos dándole vueltas a lo mismo sin llegar a ningún lado.
Mi propuesta práctica no es «deja de sentir», sino una secuencia:
siente → observa → intenta comprender qué te está señalando → decide qué hacer con ello.
No se trata de reprimir —reprimir es distinto de aceptar—, sino de dejar que la emoción cumpla su función sin quedarte instalado en ella por seguir pensando en lo mismo una y otra vez.
Lo que dice la investigación
La investigación sobre flexibilidad psicológica encuentra aquí un paralelo importante: la evitación rígida de experiencias internas puede contribuir al malestar, mientras que aprender a experimentar pensamientos y emociones —sin organizar toda la conducta alrededor de evitarlos— puede resultar terapéuticamente útil.
Esto no demuestra la totalidad de la propuesta espiritual de Tolle. Pero sí indica que la intuición de fondo, y la extensión práctica que acabamos de proponer, merecen atención.
El «cuerpo del dolor»
Lo que dice el libro
Éste es uno de los conceptos más característicos de El poder del ahora, y también uno de los que exige mayor cuidado.
Tolle sostiene que el sufrimiento emocional pasado puede dejar una especie de residuo capaz de reactivarse cuando determinadas experiencias presentes conectan con heridas anteriores.
La experiencia que intenta describir resulta reconocible: una frase relativamente pequeña puede provocar una reacción enorme; una demora en recibir respuesta puede sentirse como abandono; una crítica actual puede activar emociones que parecen exceder aquello que acaba de ocurrir.
La pregunta resulta legítima: ¿estoy reaccionando únicamente a este momento, o también a lo que este momento significa desde mi historia?
Lo que dice la investigación
La investigación contemporánea sobre interocepción, predicción y emoción permite estudiar científicamente parte de esa pregunta. La teoría de la emoción construida de Lisa Feldman Barrett —un marco contemporáneo influyente, pero no una explicación definitivamente establecida sobre la naturaleza de todas las emociones— propone que el cerebro participa activamente en la construcción de la experiencia emocional, usando señales corporales, predicciones derivadas de experiencias anteriores y categorías aprendidas.
Esto ofrece un marco científicamente estudiable para comprender como la experiencia pasada puede influir en la experiencia corporal y emocional presente. Pero no equivale al «cuerpo del dolor» de Tolle.
Tolle llega a describirlo como un campo de energía negativa con cierta autonomía. No encontramos un referente empírico preciso que permita sostener literalmente esa formulación. Tampoco sería correcto traducirla diciendo que las emociones o los traumas quedan físicamente «almacenados» en músculos, fascia u otros tejidos.
Podemos sostener algo más preciso: nuestra historia puede modificar la manera en que experimentamos el presente, sin necesidad de asumir que esa historia está físicamente depositada en una parte concreta del cuerpo.
¿Cómo lo llevamos a nuestro día a día?
Cuando una reacción te parezca desproporcionada respecto a lo que la provocó, en lugar de preguntarte «¿qué tiene de malo esta persona o esta situación?», prueba preguntarte dos cosas: «¿hay algo de mi historia que esto esté activando?» y, en el mismo momento, «¿existe información del presente que todavía no estoy considerando?».
La segunda pregunta importa tanto como la primera. Si enseñamos que toda reacción intensa significa «esto viene de tu pasado», podemos cometer el error contrario: psicologizar una señal actual válida. A veces no estás reaccionando «demasiado» por una herida antigua. A veces la situación presente realmente es grave, y la reacción es información, no residuo.
La metáfora del «cuerpo del dolor» puede seguir siendo útil para nombrar esa experiencia, aunque no la tomemos como anatomía literal.
Tener no es necesariamente ser
Lo que dice el libro
Tolle dedica una parte importante del libro a aquello que denomina ego: la identidad que construimos alrededor de nuestra historia, posesiones, opiniones, relaciones, roles, reconocimiento y problemas.
El problema no está necesariamente en tener esas cosas. Aparece cuando tener comienza a convertirse en ser.
Perder un empleo puede significar perder ingresos, rutina y estabilidad. Pero si «soy exitoso» estaba profundamente ligado a esa posición profesional, la pérdida puede amenazar también la respuesta a una pregunta mucho más profunda: «Si ya no tengo esto, ¿quién soy?»
Lo que dice la investigación
Aquí aparece una tensión especialmente interesante con la psicología narrativa. Tolle invita a desapegarnos de nuestra historia personal. Sin embargo, la investigación sobre identidad narrativa muestra que determinadas características de las historias que construimos sobre nosotros mismos —como agencia y comunión— se han asociado longitudinalmente con bienestar y menor sintomatología depresiva, incluso considerando rasgos de personalidad.
No necesariamente tenemos que elegir entre ambas perspectivas. Una historia puede ayudarnos a integrar nuestra experiencia sin convertirse en una definición inamovible de quiénes debemos seguir siendo. Tal vez el problema no sea construir una narrativa personal; el problema aparece cuando dejamos de permitir que pueda cambiar.
¿Cómo lo llevamos a nuestro día a día?
La pregunta útil deja de ser «¿debo desprenderme de mi historia?» y se convierte en: «¿puedo construir una historia sobre mí mismo sin convertirme en prisionero de ella?»
Cuando notes que una etiqueta —exitoso, fuerte, el que siempre ayuda, el que nunca falla— empieza a sentirse más como una jaula que como una descripción, es una buena señal de que ahí hay tener disfrazado de ser.
La pregunta que el libro no responde
Hacia el final de El poder del ahora, Tolle profundiza en sufrimiento, rendición y transformación y el poder que tiene el presente, pero aquí aparece uno de los límites más importantes de cualquier filosofía de vivir presente en el presente.
¿Qué ocurre cuando el presente es precisamente aquello de lo que una persona necesita escapar?
No todos los presentes son iguales. Existe el presente cotidiano en el que una preocupación anticipatoria nos impide disfrutar algo que sí está ocurriendo. Pero también existe el presente de una enfermedad grave, el de un duelo, el de alguien que vive violencia, el de una población atrapada en una guerra.
En esas circunstancias, recordar un pasado mejor puede convertirse temporalmente en refugio. Imaginar un futuro distinto puede convertirse en esperanza. Eso no necesariamente constituye una falla de consciencia.
La investigación sobre crecimiento postraumático muestra que algunas personas reportan transformaciones positivas después de atravesar experiencias profundamente adversas: cambios en prioridades, relaciones, percepción de fortaleza, apreciación de la vida o espiritualidad. Pero el crecimiento no es universal, y sentirse transformado tampoco equivale siempre a demostrar longitudinalmente que ese crecimiento ocurrió.
Por eso debemos resistir una conclusión seductora: el sufrimiento no necesita ser bueno para que algo bueno pueda surgir después de él. No tenemos que agradecer una tragedia para reconocer aquello que construimos después. Y quien todavía no encuentra crecimiento, significado o aprendizaje en su dolor no ha fracasado.
Esto deja una pregunta abierta que El poder del ahora no termina de resolver: ¿qué significa estar presente cuando el presente es insoportable? ¿Presencia, aceptación, esperanza y significado siguen funcionando de la misma manera cuando aquello que produce sufrimiento no depende de nosotros?
La pregunta permanece abierta.
Puntos de fricción
Hay tres momentos en los que Tolle cruza la frontera entre intuición y extrapolación de una manera que merece revisarse aparte, porque tocan temas donde una lectura poco cuidadosa puede hacer daño real.
Enfermedad y diagnóstico — lo que dice el libro y la investigación
Existe evidencia de que las expectativas, creencias, contexto y comunicación clínica pueden modificar determinados componentes de la experiencia de enfermedad —los efectos nocebo, por ejemplo, están documentados. También puede resultar psicológicamente importante que una persona no convierta un diagnóstico en la totalidad de su identidad: «tengo cáncer» y «soy cáncer» no expresan la misma relación con una enfermedad.
Pero de ahí no se desprende que dejar de identificarse con el diagnóstico elimine la enfermedad, ni que nombrarla sea aquello que la mantiene biológicamente. Las enfermedades existen independientemente de nuestra relación psicológica con ellas. La consciencia puede modificar cómo afrontamos una enfermedad; eso no significa que pueda garantizar que no enfermaremos.
Nota personal
Me gusta mucho esta distinción y la uso seguido: yo no soy la enfermedad, y separar eso de mi cuerpo importa. Si mi cuerpo enferma, casi siempre es por un tema multifactorial —no es un castigo ni una falla de consciencia—, y ahí sí existen factores de prevención y reducción de riesgo sobre los que puedo actuar: hábitos, estilo de vida, seguimiento profesional y la manera en que cuido mi cuerpo. Eso no significa que toda enfermedad pueda prevenirse ni que enfermar implique haber hecho algo mal. Puedo no identificarme con la enfermedad y, al mismo tiempo, tomar responsabilidad por lo que sí está en mis manos, sin convertir eso en una explicación moral de por qué alguien enfermó.
Antidepresivos y consciencia
Tolle incluye a los antidepresivos junto con alcohol, tranquilizantes y drogas ilegales, dentro de sustancias que, según su interpretación, pueden aliviar temporalmente el sufrimiento mental pero dificultar el desarrollo de una mayor presencia consciente. Aquí su propuesta espiritual atraviesa hacia un terreno clínico.
La revisión en red de Cipriani y colaboradores, que reunió 522 ensayos y 116.477 participantes, encontró que los antidepresivos estudiados fueron superiores al placebo para el tratamiento agudo del trastorno depresivo mayor en adultos. Eso no significa que sean una solución universal: existen diferencias entre medicamentos, efectos adversos, problemas de tolerabilidad y discusiones legítimas sobre magnitud de beneficio y uso clínico.
Pero esos matices tampoco permiten sustituir la evaluación clínica individual por una condena espiritual generalizada. Una persona puede explorar consciencia, presencia, sentido o espiritualidad y, al mismo tiempo, necesitar tratamiento médico. No son categorías mutuamente excluyentes.
Mujeres, hombres y espiritualidad
Tolle sugiere que las mujeres podrían encontrarse naturalmente más próximas al Ser o a la iluminación debido a una mayor conexión corporal.
La investigación sí encuentra algunas diferencias promedio entre hombres y mujeres en determinados componentes del procesamiento emocional y la interocepción, pero esas diferencias varían entre tareas y están moduladas por múltiples factores biológicos, psicológicos y socioculturales. Un metaanálisis reciente de neuroimagen funcional, que reunió 63 estudios y más de 5.400 participantes, no encontró diferencias globales consistentes entre sexos en activación cerebral durante tareas emocionales, aunque sí aparecieron variaciones dependientes de tareas y otros moderadores.
Nada de ello permite concluir que un sexo se encuentre naturalmente más próximo a una forma superior de consciencia espiritual. Aquí conviene conservar la diferencia entre dos preguntas: ¿existen diferencias promedio entre grupos en determinados procesos? y ¿esas diferencias establecen una jerarquía espiritual? La primera puede investigarse. La segunda no se desprende de la primera.
Síntesis Ciencia Con Consciencia
Puedes observar un pensamiento sin convertirlo automáticamente en una orden. Esa capacidad puede entrenarse.
El pasado no es el enemigo, y tampoco lo es el futuro: el problema aparece cuando dejamos de usarlos y empezamos a vivir exclusivamente dentro de ellos. La acción con la que respondemos a ambos ocurre en el presente.
Aceptar no significa aprobar. Reconocer «esto está ocurriendo» puede ser precisamente lo que permita preguntarnos después «¿qué puedo hacer ahora?».
La historia que construimos sobre nosotros mismos puede ser un mapa o una prisión —la diferencia está en nuestra capacidad de revisarla cuando deja de describir aquello que estamos construyendo.
El sufrimiento puede formar parte de una historia de transformación, pero no podemos asumir que sea aquello que la produce. Encontrar crecimiento después del dolor no convierte al dolor en necesario, ni convierte en fracaso a quien todavía no encuentra sentido en él.
Y finalmente, hay preguntas que este libro formula y que la ciencia no puede responder por nosotros: ¿qué somos además de nuestra experiencia mental? ¿Existe una dimensión atemporal de la consciencia? ¿Qué significa Dios? ¿Qué ocurre con aquello que llamamos «yo» cuando desaparece el cuerpo?
Podemos investigarlas desde la filosofía, la espiritualidad, la teología o la experiencia personal. Pero reconocer dónde termina nuestra evidencia también forma parte del conocimiento.
Opinión personal
Llegué a El poder del ahora encontrando resistencia desde sus primeras páginas.
Y terminé considerándolo un muy buen libro.
No porque haya aceptado todo lo que propone. Algunas de mis reservas permanecieron hasta el final, y otras se hicieron incluso más precisas después de investigar sus afirmaciones.
Lo que cambió fue mi comprensión de lo que el libro estaba intentando construir.
Tolle puso en palabras varias cosas que yo ya había pensado, y otras que había encontrado expresadas de maneras diferentes en filósofos, psicólogos y otros autores. Quizá por eso muchas de sus ideas no se sintieron completamente nuevas, pero sí encontraron una estructura distinta.
Una de ellas fue mi relación con el tiempo.
Me quedó especialmente presente una idea: sin el presente no existirían para nosotros ni el pasado ni el futuro.
El pasado ya ocurrió y no puedo modificarlo. Puedo sentir culpa, reconocer errores, reparar aquello que todavía sea reparable, aprender. Pero no puedo regresar. Eso no vuelve inútil al pasado: precisamente porque ocurrió puede enseñarme algo sobre lo que decido hacer ahora.
Con el futuro ocurre algo diferente. Puedo imaginarlo, desearlo, temerlo, construir planes alrededor de él. Pero refugiarme en un futuro sin acciones presentes puede terminar convirtiéndolo en un futuro vacío. Si existe algo que quiero construir, alguna parte de esa construcción tendrá que comenzar en aquello que puedo hacer ahora.
Al mismo tiempo, no termino de seguir a Tolle cuando la presencia parece acercarse demasiado a una respuesta universal.
Hay personas viviendo presentes que no eligieron y que tampoco pueden modificar inmediatamente. Una enfermedad. Una pérdida. Violencia. Una guerra. En esos contextos, el pasado puede ser también refugio, y el futuro puede convertirse en esperanza. Desear que llegue otro mañana no necesariamente significa estar viviendo de manera inconsciente. A veces puede significar que todavía existe una razón para resistir el día de hoy.
Por eso no me quedo con una guerra contra el pasado ni contra el futuro. Me quedo con una pregunta sobre la relación que construimos con ambos.
También encontré en Tolle una forma distinta de expresar algo que ya formaba parte de mi espiritualidad.
La forma en que Tolle habla de una dimensión atemporal de la existencia conectó con una pregunta que ya me hacía. No significa que su concepto de Dios y el mío sean idénticos, ni que la física pueda demostrar la existencia de una realidad divina fuera del tiempo. La relatividad, por ejemplo, nos muestra que nuestra experiencia cotidiana del tiempo no agota su comportamiento físico, pero de ahí no se desprende ninguna conclusión teológica.
La conexión para mí fue otra: me permitió pensar con nuevas palabras una intuición espiritual que ya estaba presente.
Y probablemente la idea que más quiero conservar de este libro sea la diferencia entre tener un pensamiento y convertirse en ese pensamiento.
Van a aparecer pensamientos que no quiero. Impulsos. Miedos. Ideas que no corresponden con la persona que quiero construir. No necesito dedicar mi vida a conseguir que nunca vuelvan a aparecer. Necesito aprender a reconocerlos, observarlos, y después decidir.
Desde mi propia interpretación espiritual, esa capacidad de observar se conecta con mi manera de pensar la consciencia y el alma. Ésa es mi lectura, no una conclusión que pueda presentar como demostrada científicamente.
Pero su consecuencia práctica sí es muy concreta: que un pensamiento aparezca en mí no significa que tenga que definir aquello que hago ni aquello en lo que quiero convertirme.
Quizá eso sea lo que finalmente me llevo de El poder del ahora: no eliminar pasado, no eliminar futuro, no eliminar pensamientos, no eliminar emociones, sino aprender a relacionarme conscientemente con ellos para decidir qué lugar tendrán en la persona que estoy construyendo.
Líneas abiertas de investigación
- ¿Qué mecanismos explican los efectos del descentramiento y la defusión cognitiva sobre el malestar psicológico?
- ¿Cómo participan interocepción, aprendizaje y predicción en la forma en que experiencias pasadas influyen sobre emociones presentes?
- ¿Qué distingue el crecimiento postraumático observado longitudinalmente de la percepción retrospectiva de haber crecido?
- ¿Qué características permiten que una identidad narrativa integre nuestra historia sin convertirse en una identidad rígida?
- ¿Cómo cambia la función psicológica de recordar el pasado o imaginar el futuro cuando el presente contiene circunstancias extremas o incontrolables?
- ¿Presencia y construcción de significado representan procesos complementarios, diferentes o incluso tensionados ante el sufrimiento extremo?
Cierre editorial
El poder del ahora terminó muy lejos de donde comenzó esta lectura.
Las reservas permanecen. Tolle mezcla experiencia subjetiva, psicología, espiritualidad y metafísica y, en determinados momentos, atraviesa hacia afirmaciones empíricas para las que su argumentación resulta insuficiente. Eso exige un lector atento.
Pero reducir el libro a esas limitaciones sería perder aquello que probablemente explica por qué ha conectado con tantas personas.
No consideramos que sea una lectura igualmente accesible en cualquier momento de la vida. No porque utilice un lenguaje especialmente técnico, sino porque exige moverse constantemente entre experiencia subjetiva, psicología, espiritualidad y metafísica sin confundir necesariamente unas categorías con otras.
Y quizá ahí esté también parte de su valor.
Hay una pregunta que atraviesa prácticamente toda la obra: ¿cuánto de nuestra vida vivimos realmente, y cuánto transcurre mientras estamos pensando sobre ella?
Pensar sin obedecer automáticamente cada pensamiento. Sentir sin convertir cada emoción en una orden. Recordar sin quedar encerrados en aquello que ya ocurrió. Imaginar el futuro sin esperar que la vida comience cuando finalmente lleguemos a él. Y reconocer que estar presentes tampoco significa negar aquello que fuimos ni dejar de construir aquello que todavía podemos ser.
No hace falta haber leído El poder del ahora para comenzar a hacerse esas preguntas.
Pero si alguna de ellas incomoda, resuena o permanece después de cerrar esta bitácora, quizá el libro todavía tenga algo más que decir.

